No es la madrugada con su solemne manto tintado de morados suaves ni el más leve mililitro de alcohol que pueda correr por mi sangre lo que hace que empuñe de nuevo un teclado, frío y decidido.
El silencio me acompaña en estas horas previas al amanecer y se mezclan la angustia y la alegría mientras miro por mi ventana la luz de la farola maltrecha, recién reparada, como un foco hipnotizante que acompaña una amalgama de sentimientos: todos impuros, depravados y asesinos, que me agarran el cuello sin ahogarme como si de un pequeño aviso se tratara.
La ceniza de mi mesa está sumida en la desesperación que nos consume y es por ello que no somos más que eso, ceniza; polvo, un saco de angustias, penas e ingratitud hervida a fuego lento y aderezada con un poco de clorhidrico, y sin embargo no desaparecemos.
Mi silencio se rompe, mi farola se apaga y grito, emano hiel por cada raja de mis secos labios, mi entrecejo se sume entre las llamas de mis ojos y mis pupilas se encieden contoneándose al vaivén del fuego rancio y medio apagado de un corazón viejo en un cuerpo joven.
Escucho mi propio eco y me avergüenzo, rectifico y pido perdón al mismo viento por semejante error, por dejarme llevar, por no controlar la ira que me produce saber como hemos desaprovechado aquello que siempre nos ha diferenciado y que sólo hemos usado para hacer lo mismo de mejor manera. Hemos creado un mundo pensando en nosotros, en nosotros mismos, no en los demás; hemos actuado de forma irresponsable, acabando con aquello que realmente demostraba que la vida tenía algún valor, hemos bajado el último escalón de la escalera, nos estamos destruyendo.
Tenemos conciencia, palabra, lógica, razón, sentimientos, emociones: conciencia para saber que lo que estamos haciendo esta mal cuando lo hacemos; palabra para abastecer nuestros oídos de agasajos que nos hagan más fáciles de manejar o nos ayude a manejar; lógica para poder ignorar el sentido común; razón para disparar a un niño con una pistola de juguete de réplica exacta: sentimientos para sentir odio, envidia, rencor y dolor, y emociones para sentir miedo. Ateniéndonos a esto ¿hemos sido inteligentes?
No.
Javier Noches
Viernes, 2 de marzo de 2012

