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sábado, abril 28, 2012

NEURONAS DE BUEN PROVECHO II

     No es la madrugada con su solemne manto tintado de morados suaves ni el más leve mililitro de alcohol que pueda correr por mi sangre lo que hace que empuñe de nuevo un teclado, frío y decidido.
     El silencio me acompaña en estas horas previas al amanecer y se mezclan la angustia y la alegría mientras miro por mi ventana la luz de la farola maltrecha, recién reparada, como un foco hipnotizante que acompaña una amalgama de sentimientos: todos impuros, depravados y asesinos, que me agarran el cuello sin ahogarme como si de un pequeño aviso se tratara.
     La ceniza de mi mesa está sumida en la desesperación que nos consume y es por ello que no somos más que eso, ceniza; polvo, un saco de angustias, penas e ingratitud hervida a fuego lento y aderezada con un poco de clorhidrico, y sin embargo no desaparecemos.
     Mi silencio se rompe, mi farola se apaga y grito, emano hiel por cada raja de mis secos labios, mi entrecejo se sume entre las llamas de mis ojos y mis pupilas se encieden contoneándose al vaivén del fuego rancio y medio apagado de un corazón viejo en un cuerpo joven.

 
     Escucho mi propio eco y me avergüenzo, rectifico y pido perdón al mismo viento por semejante error, por dejarme llevar, por no controlar la ira que me produce saber como hemos desaprovechado aquello que siempre nos ha diferenciado y que sólo hemos usado para hacer lo mismo de mejor manera. Hemos creado un mundo pensando en nosotros, en nosotros mismos, no en los demás; hemos actuado de forma irresponsable, acabando con aquello que realmente demostraba que la vida tenía algún valor, hemos bajado el último escalón de la escalera, nos estamos destruyendo.
    Tenemos conciencia, palabra, lógica, razón, sentimientos, emociones: conciencia para saber que lo que estamos haciendo esta mal cuando lo hacemos; palabra para abastecer nuestros oídos de agasajos que nos hagan más fáciles de manejar o nos ayude a manejar; lógica para poder ignorar el sentido común; razón para disparar a un niño con una pistola de juguete de réplica exacta: sentimientos para sentir odio, envidia, rencor y dolor, y emociones para sentir miedo. Ateniéndonos a esto ¿hemos sido inteligentes?
No.
                                                    Javier Noches                    
                                              Viernes, 2 de marzo de 2012

jueves, abril 26, 2012

NEURONAS DE BUEN PROVECHO I

     Y me desperté. Arranqué los rieles de las cortinas y quemé las sábanas. Tiré la ropa interior y me quedé en nada.

     No siempre lo digo, pero también cometo errores, como el día en que le negué mi mano y se hundió en aquel salado y triste mar. Sus ojos solo pedían auxilio y mis brazos solo querían aire. Rechiné los dientes y di un paso adelante; nadie me dijo que mi pies jamás encontrarían suelo alguno...

     Y ahora es una caída constante, un vano aleteo de alas de mariposa que anhela el tiempo de crisálida; no puedo evitar ver como todo pasa, como la mayoría de todo aquello que tuvo alguna relevancia para mí ahora es apenas un saludo y vagos recuerdos; y no puedo evitar sentir que no quiero que eso ocurra de nuevo... y sigo mirando la vida caer conmigo.
     Sin dejar de sentirme ingrávido, solo reparo en lo malo, intento convencerme, animarme, sacarme ese "estúpido" incesante de mi cabeza pero, sobretodo, intento no recordar.
     Me abandono mientras sigo cayendo a un precipicio sin fin cuyo eco estremece hasta al propio acero; me deshago y comienzo a girar rápidamente. Y me abro; mis sesos son desparramados por el suelo antes de caer y mi piel se hace jirones, dejando correr charcos de sangre que una niña observa horrorizada mientras hunde sus manos en los restos de los que fue mi mente ansiosa, llevándose trozo a trozo a la boca con los ojos inyectados en mi misma sangre.
     Y me poso levemente, sin cabeza, deshecho, resquebrajado y hundido, sin nada en que pensar ni nada por lo que hacerlo; total y absurdamente desolado.

     A lo lejos vislumbro un parque, no puedo verlos pero los veo: son dos niños arrancando flores y besándose en el césped. Y comienzo a llorar. Sin embargo no es llanto, son palabras, ininteligibles e inexistentes para mi, cercos de palabras que parecen querer encerrarme y que me son susurradas al oído mientras caen. Y noto finalmente una caricia, hielo, hiel y tormento. Son espinas ardiendo, no son más que barro y sueños fundidos en el calor de la impotencia y la rabia. Comienza a sonar una música de fondo, tambores, flautas y ocarinas auguran un final inexorable; pero sin revelar de qué.

     Sorprendido e intrigado me acerco a los dos niños. Me miran; sus caras demacradas y sus ojos huecos y vacíos me contemplan con tranquilidad, mientras, entre mirada y mirada, se besan con una pasión que me es familiar y me asusta aún más. Recojo mi cráneo vacío del suelo y lo observo, sin ojos, pero lo observo; me mira y se ríe de mi, "quizás así me aproveches mejor" me dice. No lo entiendo.Sólo sé que esos dos chicos del parque ahora son cenizas, cenizas que intento recoger desesperado, sólo, descompuesto y muerto por dentro. Sin embargo, sus besos todavía siguen sonando y se me clavan en el alma como una daga escondida tras una capa en la noche; me persiguen y me acusan, me insultan y me recuerdan que quizás esas cenizas jamás puedan volver a ser reconstruídas.






Neuronas de Buen Provecho           Martes, 31 de Enero de 2012