martes, abril 24, 2012

HACIÉNDONOS UN GRIEGO



     “Un sacrificio humano es la ofrenda de un ser humano a una deidad en señal de homenaje o expiación. Los sacrificios humanos fueron practicados en muchas culturas antiguas. Se mataba a las víctimas en un ritual que pretendía apaciguar la cólera de los dioses, que por cierto, siempre se encontraban de mal humor. Los sacrificios humanos fueron practicados también en los rituales relacionados con la adoración de los dioses en Escandinavia”. 


     Para agradar a Odín, por ejemplo, algunas tribus nórdicas, entre ellos los Teutones, antepasados directos aunque muy lejanos de la Sra. Merkel, realizaban un método de tortura y ejecución conocido como El águila de sangre y que se menciona en la literatura de algunas sagas nórdicas. “La acción se ejecutaba abriendo a la víctima desde la columna vertebral, cortando y abriendo las costillas de forma que parecían alas manchadas de sangre, y sacando los pulmones hacia afuera”. Con estos antecedentes teutones impregnando el ADN de la cancillera no es de extrañar que todos los sacrificios que ha ofrecido el Pueblo español hasta el momento, el Pueblo recalco, le parezcan “pecata minuta”. Olvida la cancillera que en España, el águila y la sangre fueron inseparables durante más de cuarenta años.

     “Los griegos, como todos los pueblos antiguos, también creyeron que podían aplacar a las divinidades y evitar sus castigos con oraciones y ofrendas, con votos y sacrificios. Si el olor de la víctima sacrificada era un perfume grato a la divinidad, el valor de lo inmolado ya aludía al arrepentimiento y al sacrificio del pecador. El sacrificio más completo, pero el más raro, era el holocausto en que la víctima se quemaba por entero. El más solemne, la hecatombe. El más eficaz, aquel en que se vertía la sangre más preciosa.



     Pero con lo dicho aún no era suficiente para que el acto expiatorio surtiera los efectos apetecidos. Se requería que las ofrendas fueran puras y sus víctimas perfectas, que el sacerdote oferente no tuviera ningún defecto físico, que el suplicante no guardara en su mente ni un pensamiento malo. Para acercarse al altar era necesario haberse purificado con el agua, símbolo de la purificación moral”.

     Y en esas están ustedes, sr. Rajoy, oh Sumo Sacerdote: haciéndonos un griego. Su pitonisa Báñez, ha sacrificado a nuestros trabajadores y el futuro de nuestros hijos con la Reforma Laboral pero los dioses no han estimado favorablemente la ofrenda; la sacerdotisa Mató (ver post “Ana Mató y la Estrategia Hansel y Gretel”) ha inmolado a nuestros pensionistas, a nuestros enfermos y a nuestros inmigrantes, con su Reforma-Demolición del Sistema Sanitario pero los dioses siguen ignorando vuestras oraciones; el adivino Wert realiza ofrendas atroces entregando la inocencia y la educación de nuestros hijos y ni aún así consiguen acallar la cólera de esos crueles titanes.

     Y yo les pregunto: ¿no lo estarán haciéndo mal? Porque siendo las ofrendas puras y las víctimas perfectas, como ordena el arcaico ritual, solo queda pensar que o bien el sacerdote oferente tiene algún defecto físico o bien guarda en su mente malos pensamientos. Lo que está claro es que el olor de las víctimas no es del agrado de los dioses. En otras palabras: todo esto apesta. ¿No sería más simple declararnos ateos y mandar a los dioses a… que les hagan un griego?

     Por si queda alguna duda respecto a si están o no haciéndonos un heleno- que es lo mismo pero con vaselina, rescato en estas líneas unos párrafos de la Wikipedia en los que se detalla el sistema educativo de la Antigua Grecia y al que creo que se refiere Wert cuando habla de los clásicos:

     “En la mayor parte de la Historia griega, la educación fue privada, salvo en Esparta. Durante el período helenístico, algunas ciudades-estado establecieron escuelas públicas. Solamente las familias adineradas podían contratar un maestro. Los niños varones aprendían a leer, escribir y citar la literatura. También aprendían a cantar y tocar un instrumento musical, y a entrenarse como soldados para el servicio militar. Estudiaban no para trabajar, sino para convertirse en buenos ciudadanos. Las niñas también aprendían a leer, escribir y hacer la aritmética elemental para dirigir el hogar. Casi nunca recibían ninguna educación después de la niñez. 

     Un niño de una familia adinerada que asistía una escuela privada era cuidado por un paidagogos, un esclavo doméstico designado para esta tarea que acompañaba el chico todo el día…

     Los estudiantes más ricos proseguían su educación estudiando con maestros famosos… Una minoría de niños continuaban su educación después de la niñez, …” 


     Solo me queda adivinar si lo próximo será un griego o un heleno. Y encima la vaselina ya no la cubre el Seguro. 


                                         Javier Aldeguer 
              

     *Un saludo a Ánxel Vence con el que he compartido alguna que otra conexión neuronal al establecer este paralelismo. 







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