Que la memoria es una facultad en desuso es evidente. Que su depreciación como valor indispensable, tanto individual como colectivo, sea algo preconcebido y estratégicamente provocado por los poderes fácticos que controlan el mundo actual, solo adquiere sentido cuando advertimos cuan sumiso y manejable es un país sin memoria, un pueblo sin memoria, un individuo sin memoria.
Para que esta manipulación sea relativamente fácil, nada más efectivo que debilitar paulatinamente esta innata capacidad sustituyendo los procesos naturales de almacenamiento de información que la nutren por otros artificiales, susceptibles de ser intervenidos e influenciados a criterio de las fuerzas dominantes del momento. Así, cabe cuestionarse si es meramente circunstancial que la Gran Industria Tecnológica dedique gran parte de sus recursos a la obsesiva implantación, en nuestra vida cotidiana, de dispositivos - discos duros, ordenadores, tablets, smartphones, etc...- que cumplen este objetivo de sustitución de forma tan práctica y accesible que inocentemente delegamos en ellos la función de almacenar cuanta información poseemos, retenemos y precisamos, sin someterla al proceso de análisis e interiorización indispensable para la consolidación de un criterio personal, de una razonamiento crítico.
Y mermadas la memoria y la capacidad crítica, el individuo se convierte en un muñeco de ventriloquía a merced del Servicio de Propaganda Oficial que a base de repetir hasta la saciedad consignas ramplonas y efectistas, consiguen convertir falacias enormes en verdades absolutas que la colectividad asume sin oponer apenas resistencia.
¿Quién recuerda cómo comenzó esta Crisis? ¿O quiénes fueron los verdaderos responsables? El Servicio de Propaganda Oficial ha gestado y distribuido sus consigna: “ La culpa es de todos por haber vivido por encima de nuestras posibilidades y ahora, todos debemos arrimar el hombro”, y la repiten sin pudor alguno políticos, tertulianos, periodistas y esbirros disfrazados de economistas de todos los colores, afiliaciones y tendencias, imbuyendo más credibilidad si cabe en tan injuriosa sentencia, hasta tal punto que la población la asimila como cierta y comienza a señalar con el dedo acusador a miembros de su propia clase social en un intento de descargar su frustración sobre alguien tangible y cercano: el vecino de enfrente que cobra la mitad en negro o el cuñado de su prima que está cobrando el paro y trabajando el muy %&””##... Que ambas sean conductas reprobables y poco solidarias es indiscutible, pero de ahí a que se les responsabilice tan frívolamente de tamaña hecatombe roza lo irracional.
Pues bien, hagamos un sencillo ejercicio: apaguemos los dispositivos, la televisión y la radio y aparquemos los periódicos e intentemos recuperar la Memoria, la nuestra. No es tan difícil. Una pista. La clave nemotécnica es todos. ¿Quiénes son todos? ¿Los pensionistas? ¿Los asalariados y trabajadores por cuenta ajena con nóminas de tres cifras? Recordemos también a los “mileuristas” y a los funcionarios, a los que el Servicio de Propaganda Oficial ha convertido en tipos suertudos a los que envidiar por mantener su puesto de trabajo. Y a los jóvenes a los que abdujo la Fiebre del Oro del Sector Inmobiliario y que ahora se encuentran en el limbo existencial de una generación perdida. ¿Fueron ellos, es decir, nosotros? ¿Nosotros somos los malévolos todos a los que alude la consigna?... Un esfuerzo más y despunta la luz de un recuerdo que estimula otro, provocando una reacción en cadena… No, todos nosotros somos los que realmente estamos pagando, sufriendo las tremendas consecuencias de esta situación y sometidos a la vergonzante ración de culpabilidad que el Servicio de Propaganda Oficial nos ha asignado.
Por eso hay que recuperar la Memoria: para desmontar esta Gran Mentira. Para negarla una y cien veces, tantas como ocasiones insista el Servicio de Propaganda Oficial.
NOSOTROS SOMOS LAS VÍCTIMAS, NO LOS CULPABLES.
Javier Aldeguer.
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