Yo también estudié en la Pública
y estoy orgulloso de ello…, algo que ya no podrán decir mis hijos y, si este
gobierno continúa con su holocausto de lo Público, tampoco mis nietos.
Los
miembros de esta Casta Política que intenta someternos y que se ha reproducido exponencialmente durante estos casi 40 años de simulacro de democracia en el
que vivimos inmersos, extendiéndose peligrosamente como una plaga de langosta
que asola lo que encuentra a su paso, han sido capaces de llegar a acuerdos
para blindar su posición económica presente y futura; han logrado consensuar
mecanismos legales que les aseguren la más absoluta impunidad ante la comisión
de descaradas irregularidades políticas y presuntos delitos; olvidando
diferencias que parecían insalvables, han alcanzado pactos obscenos para robar
el legítimo gobierno de un ayuntamiento o comunidad autónoma al partido elegido
mayoritariamente por los votantes; incluso se han alineado sin discusión para
ultrajar la que anteayer defendían como la “Norma Suprema”, la Constitución, a
fin de avocarnos a la anorexia presupuestaria más exacerbada; pero se han mostrado
incompetentes, irracionales, ineptos y cerriles para llegar a un compromiso
unánime sobre el Modelo Educativo común para el óptimo desarrollo intelectual y
personal de nuestros hijos, de nuestros jóvenes, de nuestro futuro como
sociedad.
Unos
por miedo a la Libertad y otros porque cuando la tienen no saben cómo
administrarla, los sucesivos sistemas educativos de estos últimos 30 años han
constituido una concatenación interminable de experimentos pedagógicos fallidos
en los que nuestros chavales han sido las cobayas de laboratorio para el
trabajo de campo sin tener en cuenta la irreversibilidad del procedimiento en
cada uno de ellos. Las Escuelas deben TENER laboratorios, no SER laboratorios.
La artificiosa incompatibilidad
de la memoria con la experimentación en el proceso cognitivo, la interesada
guerra de las lenguas oficiales, las mentiras de y sobre los nacionalismos, las
falsedades históricas que han sido montadas y desmontadas hasta acabar
resultando dogmas de fe en lugar de hechos contrastados dignos de profundo
conocimiento han acabado impregnando arriesgados planes docentes elaborados por
especialistas en la materia, algunos de ellos pedagogos de salón, y que han
sido prontamente saboteados con precisas amputaciones de los medios materiales
y humanos necesarios para su desarrollo; leyes que eran modificadas por reales
decretos que a su vez eran alterados a través de instrucciones u órdenes
internas en las delegaciones; planes de estudios y asignaturas que aparecen y
desaparecen, utilizadas como armas arrojadizas desde las ballesteras de las
consejerías… Más que carreras universitarias, nuestros jóvenes cursan carreras
de obstáculos con metas inciertas mientras los responsables políticos hincan
sus hocicos en los mil y un informes que nos ponen a la cola de Europa en nivel
educativo sin encontrar la explicación, cuando es clara y patente: los que no
alcanzan el nivel intelectual preciso para la función que les hemos encomendado
son ellos. Y no hace falta ningún informe estadístico de gran repercusión para
constatarlo.
Por eso es de ellos de los que
hay que defender la Educación Pública, que es nuestra, de todos. Defenderla
antes, ahora y siempre- con más fuerza ahora porque los embates directos que
este gobierno está arrojando contra sus cimientos hacen tambalear los escasos
pilares que tanto tiempo y esfuerzo ha costado consolidar en estos 30 años-. Y no
una Educación Pública “ per se”, sino un Proyecto educativo común, real,
debatido y consensuado por todos los participantes en el ámbito educacional
para que sea sólido, estable y con proyección futura, blindado ante
intervencionismos coyunturales políticos o partidistas e interesados,
perfectamente estructurado e interconectado en todos sus niveles -algo de lo
que adolece actualmente- para facilitar la progresiva consecución de los
objetivos educativos propuestos, objetivos que han de ser tangibles, concretos
y, sobre todo, prácticos. Y todo ello con el indiscutible carácter de gratuidad
que garantice el acceso al conocimiento y a la formación sin discriminación
alguna.
Ese es el germen del Proyecto de Común, Progresivo y Gratuito de Educación Pública que hay que defender para que las próximas generaciones
también puedan sentirse orgullosas de haber estudiado en ella… y de nosotros
por haberlo defendido. Javier Aldeguer
Junio 2012

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