Que el rey se haya ido de cacería en plena tormenta económica arreciando sobre el país solo puede extrañarle a aquellas almas cándidas que todavía creen en el ratoncito Pérez, que los niños los trae una cigüeña mágica que anida en lo alto de la Torre Eiffel o que el PP iba a cumplir lo prometido durante la campaña electoral.
Lo que sí resulta extraño a estas alturas es que todavía se prodiguen los ciudadanos, periodistas, políticos y representantes institucionales que aún no se han enterado de que eso es precisamente lo que hace un rey en un país supuestamente desarrollado del siglo XXI: lo que le viene en gana. Si no ¿para qué quiere uno ser rey? ¿De qué sirve estar por encima de los demás mortales, de las Instituciones, de las Leyes y a salvo de la Crisis, si no puede uno hacer lo que le venga en gana, cuando quiera y sin tener que dar explicaciones?
Para defender este status preñado de incuestionables y esperpénticos privilegios, cuando sus antecesores en el puesto cometían alguna barbaridad o tropelía- que también las cometían- y esta llegaba a conocimiento de sus vasallos- que si no llegaba, no existía, igual que ahora- habían de realizar pruebas de fuerza, poder y justicia sofocando cualquier atisbo de crítica, germen revolucionario, que se propagara entre la población, sometiendo con las armas cualquier núcleo disidente y arengando a sus numerosos ejércitos con consignas en las que el rey era sinónimo de orden y patria y, en consecuencia, quien no fuese partidario del rey era condenado por antipatriota, espía y adorador del Caos y las fuerzas del Mal- casi, casi como ahora.
No es de extrañar, por tanto, dado los buenos resultados constatados por los siglos de cansina subsistencia que ostenta la monarquía en este país, que los medios de amparo y salvaguardia actuales sean los mismos, adaptando las estrategias de defensa a la época actual. En plena Era de la Información, no son ejércitos de soldados sino tropas de periodistas y regimientos de políticos cortesanos los que se despliegan para cubrir todos los frentes y no dejar resquicio ninguno por el que pueda filtrarse la sombra de la rebelión. Y sus tácticas apestan desde lejos.
“Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir.”
Y los mismos vasallos que hace dos días esgrimían teas ardientes y le exigían una explicación por considerar inmoral no el hecho en sí de matar un elefante sino matarlo en plena caída libre del Ibex 35, ahora enmudecen ante esta “gran comparecencia del Jefe del Estado” y sonriendo con la plácida satisfacción del objetivo conseguido, cambian las teas por ramos floridos y sus pecheras por húmedos baberos mientras acuñan la frase : “Es un hecho histórico”. Y la repiten hasta la saciedad para ponerla de moda como si del estribillo de una mala canción comercial se tratara. “Qué humilde es el rey, qué listo, qué inteligente, conciso y breve… ¡Bravo!”. Si nunca nadie dijo tan poco y suscitó tanto entusiasmo, auguro convulsiones orgásmicas durante su discurso de Nochebuena.
Sintiéndolo mucho, yo, que también vi tan sobrevalorada intervención, me enternecí con su estudiada y más que fingida puesta en escena. No me sentí conmovido por lo que decía, sino por lo que callaba y lo que yo imaginé que sus ojos, pugnando con esa melodramática expresión de culebrón barato impuesta por sus asesores cortesanos, apenas reprimían: “¿Quiénes sois vosotros para pedirme a mí, vuestro rey, explicaciones? ¿A dónde vamos a llegar si ya no se respeta ni el libre albedrío del regente? Con lo que yo he hecho por vosotros, desagradecidos…” Y tiene razón, majestad: es lamentable que cercenaran de ese modo su libertad de expresión porque con lo “sencillo y campechano” que es usted, hubiera compuesto unas disculpas dignas de pasar a los anales de la Historia junto al “¿Por qué no te callas” que tanto juego dio y tanto agradó a bufones y juglares de su Corte.
Eso sí hubiera sido histórico, señores y señoras cortesanos/as; histórico hubiera sido también que hubiera explicado cómo, a cargo de qué presupuesto, quién lo sabía del gobierno o si le habían advertido, etc… ; histórico que hubiera renunciado voluntariamente a un importante porcentaje de su asignación presupuestaria a cambio de mantener el poder adquisitivo de los pensionistas, si hay que buscar la fórmula se busca; histórico que esto hubiera abierto la vía hacia un serio debate sobre la monarquía y su absoluto autismo respecto a la progresiva degeneración del estado de bienestar de este pais, y no que habéis aprovechado- ¿o incluso creado?- esta “real crisis” para afianzar la figura del príncipe y aseguraros un peldaño más hacia la sucesión. Y todo esto sí me produce extrañeza.
Me extraña que se monte este belén ante una actuación monárquica que entra dentro de los cánones establecidos a través de los siglos para sus miembros y no se debata o se discuta abiertamente sobre qué responsabilidad puede tener la familia real si, teniendo conocimiento de las actuaciones de Urdangarin y de la infanta como se deduce por la información con la que nos desayunamos cada día, no lo denunciaron o advirtieron a las Instituciones pertinentes. Me extraña que periodistas y representantes políticos a los que se les presupone una capacidad de análisis medianamente aceptable, afiancen la honestidad del rey con su humilde disposición para pedir disculpas, olvidando que de no ser por su desafortunado accidente, nada de esto hubiera trascendido. Me extraña que no se extrañen de que la Educación y la Sanidad de este país se estén desangrando mientras los presupuestos de la Casa Real solo sufren un mísero recorte del 2% lo que supone vasallos más ignorantes y débiles para manipular en próximas intervenciones. Me extraña sobremanera que, de repente, porque el rey ha matado un elefante, en España se levanta un tsunami republicano que queda convertido en una balsa de fervientes babas monárquicas tras escuchar esa hipnótica letanía: “Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir” como si estas palabras mágicas resucitaran cual Lázaro al infeliz paquidermo.
Definitivamente, majestad, no es usted el que tiene que pedir disculpas por vivir a cuerpo de rey. Sintiéndolo mucho, los equivocados somos nosotros, los vasallos, que se lo consentimos y nunca escarmentamos.
Javier Aldeguer.
Totalmente de acuerdo, Genial
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